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BARRABÁS
De Barrabás, poco se sabe, aparte las referencias que de él se hacen en los Evangelios, tanto en los canónicos como en los apócrifos. Sabemos que se encontraba en la prisión de la fortaleza de la Torre Antonia, juntamente con otros dos delincuentes, llamados Dimas y Gestas.
Sobre el famoso delincuente, que fue canjeado por Jesús, se ha especulado sobre su pertenencia a la secta de los Zelotes, nacionalistas judíos que luchaban por liberar a su nación de la dominación romana. El escritor sueco Par Lagerkvist, Premio Nobel de Literatura, en 1.951, en su obra que tiene como protagonista a Barrabás, nos lo describe de la siguiente manera:
"... un mocetón de unos treinta años, robusto, de pálida tez, barba rojiza y cabellos negros. Las cejas parecían también negras, los ojos se hundían en las órbitas, como si la mirada hubiera querido esconderse. Bajo uno de ellos descollaba una profunda cicatriz, que desaparecía en la barba."
En la misma línea de fantasía literaria del escritor, sigue éste afirmando que Barrabás fue fruto de la unión de un bandido, de nombre Eliaho y una mujer mohabita, tomada prisionera, en el asalto a una caravana que iba desde Jericó a Jerusalén.
"Aquella infeliz -relata el novelista sueco- tras ser ultrajada numerosas veces por todos los miembros de la cuadrilla de bandidos, que capitaneaba Eliaho, fue vendida a una casa pública de la ciudad. Allí, cuando se dieron cuenta de su estado, la echaron a la calle, donde, poco después, apareció su cadáver. Nadie sabía de quien era la criatura y la misma madre no lo hubiera podido decir; pero la había maldecido en sus entrañas."
Así mismo el novelista deja volar su fantasía y nos narra lo que, según él, ocurrió a Barrabás durante su vida.
Al parecer, con el tiempo, el hijo no deseado acabó formando parte de la misma cuadrilla que capitaneaba su padre. Pasados los años, siendo ya un joven y fuerte bandido, ansioso de poder, disputó el mando a su progenitor. Dicha disputa por el mando les llevó a mantener un lucha feroz, a la boca de una cueva, situada en la cima de un desfiladero.
El viejo Eliaho logró asestarle una cuchillada bajo un ojo, pero Barrabás tuvo fuerzas para arrojar el cuerpo de su ignorado padre al vacío, quien, tras rodar por el despeñadero, quedó a merced de las alimañas y aves de rapiña de la montaña mohabita.
Las correrías de Barrabás le llevaron desde Galilea al bajo Jordán. Al frente de su banda de salteadores, lo mismo asaltaba, robaba y saqueaba las caravanas, que organizaba motines y algaradas contra los romanos.
Finalmente, fue atrapado por la Justicia y dio con sus huesos en las mazmorras de la Torre Antonia, de donde, una vez liberado, a cambio de la Vida de Jesús, fue a refugiarse en las montañas que tan bien conocía, en compañía de su cuadrilla de bandoleros. Allí fue adquiriendo cordura y, poco a poco llegó al arrepentimiento. Un buen día desapareció sin dejar rastro.
Continúa relatando Lagerkvist, que: Cuando volvió a reaparecer, tras varios años de ausencia, Barrabás había cumplido una larga condena, en unas minas. Durante su cautiverio estuvo unido con grilletes a otro prisionero, de origen armenio, llamado Sahak. Durante aquella convivencia obligada, llegaron a intimar y Barrabás contó al armenio la cruel agonía de Jesús en el Gólgota, Su Muerte y posterior Resurrección.
Al oír su relato, Sahak le confesó que era cristiano, lo que, al parecer, motivó una gran amistad entre ambos prisioneros, quienes, con el paso del tiempo serían liberados de la mina y pasarían a trabajar en una granja, propiedad del Procurador de Pafos.
Este, en cierta ocasión, interrogó a ambos, preguntándoles si eran cristianos. Sahak confesó de inmediato ser seguidor de la doctrina de Jesús, mientras que Barrabás lo negó con rotundidad. El armenio fue instado a abjurar de sus creencias, pero no lo hizo y prefirió morir crucificado.
Aquí Lagerkvist nos describe a Barrabás presenciando, una vez más, el sacrificio de un mártir.
Finalmente, la fantasía literaria de Lagerkvist sitúa a Barrabás en Roma, acompañando, como esclavo, a su amo, el Procurador de Pafos. Allí fue testigo de la piedad de otros esclavos, convertidos al cristianismo y el odio con que eran perseguidos.
Pronto se incorporó a las reuniones secretas, que se celebraban en las catacumbas.
El escritor describe los últimos momentos del antiguo bandido, en los tiempos en que Roma es incendiada por Nerón, quien, de forma artera, culpó a los cristianos de la catástrofe. Entonces aflora la rebeldía innata de Barrabás y pensó que el incendio ha sido provocado y no precisamente por los cristianos.
Ante el dantesco espectáculo pensó que Jesús había vuelto para destruir el mundo, por lo que, esta vez, estaría de su parte. Y, tomando una tea, comenzó a extender el incendio. Detenido y acusado de ser cristiano fue condenado a muerte.
Fue llevado al patíbulo juntamente con otros seguidores de Jesús, quienes iban encadenados por parejas, pero al no existir número par para él, fue crucificado en solitario.
El suplicio duró todo el día y, al caer la tarde, todos los condenados había muerto, menos Barrabás y -dice el novelista- cuando sintió la proximidad de la muerte, exclamó:
- ¡ A Tí encomiendo mí espíritu !
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