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LA SEMANA SANTA: ENTRE LA LITURGIA Y LA CELEBRACIÓN POPULAR
La Semana Santa, tomada en su totalidad de días, constituye la celebración culminante de todo el año litúrgico. En ella se conmemoran los acontecimientos capitales del misterio pascual: la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. No extraña, pues, que estos días santos, según el espíritu de la Iglesia, revistan una solemnidad especial y se concreten en unas peculiares celebraciones litúrgicas. A lo largo de los siglos, el espíritu vivo y la preocupación pastoral de la Iglesia por hacer de estos días el centro de la vida cristiana se han plasmado en una larga evolución, llena de cambios y novedades, de la solemne celebración de la Pascua. Así se ha tratado de encarnar y adaptar a las circunstancias concretas de los hombres de cada época lo central del misterio cristiano, para que a través de los ritos y prácticas litúrgicas se haga más sensible la verdad perenne de la Pascua de Cristo.
Lo esencial de la Semana Santa es su celebración sacramental: el bautismo y la eucaristía es el centro de la Vigilia pascual y meta de todo el «triduo sacro» y de la Cuaresma. El domingo de Ramos sirve de pórtico perfecto con su estructura triunfante y dolorosa; el Jueves nos evoca la Institución de la Eucaristía y el mandamiento del amor, que son precedidos de la reconciliación de los penitentes y de la bendición de los óleos; el Viernes se polariza en el misterio de la cruz y muerte del Señor.
Junto a estas fontales celebraciones litúrgicas, el pueblo ha buscado su propia visión de la Semana Santa, que de una forma sencilla -y a veces folklórica- se ha centrado en unas representaciones históricas y en unas manifestaciones procesionales.
- ¡ Gloria a Dios en las Alturas!
-¡ Bendito sea el que viene en Nombre del Señor!
-¡ Hosanna en Las Alturas!

Así clamaba la multitud, mientras Jesús de Nazaret, rodeado de sus Discípulos avanzaba a lomos de un pollino, entre ramas de palmera, portadas por enfervorizados seguidores, que veían en Él al Mesías... Era domingo... el Domingo de Ramos. Sin embargo, días más tarde, la inmensa mayoría de aquellos que vitorearon Su Entrada Triunfal en Jerusalén, vociferaría en contra de Jesús y reclamaría Crucifixión y Muerte, para aquel que había osado blasfemar, proclamándose Hijo de Dios Vivo...
Preguntó Caifás a Jesús, mientras un esclavo etíope sostenía La Torá, sobre su espalda:
- "... ¿ Eres tú el Hijo de Dios Vivo... ?
Y Jesús, firme, pero mansamente, contestó:
- "... Yo soy... "
Maleable, adocenada, manipulada multitud que, hábilmente manejada por los sanedritas, cambió la alabanza por el insulto y el loor por el denuesto, sin, apenas, solución de continuidad.
Ya en la alta tarde del Viernes, mientras la tierra se estremecía de temblores, el sol se eclipsaba, la tempestad agitaba los mantos de los habitantes de Jerusalén y las torturas tocaban a su fin, Jesús, Dios Hecho Hombre, en un supremo gesto de entrega y redención, ponía su espíritu en manos del Padre Eterno, para que así se cumplieran las Escrituras... y, dando un fuerte grito, exclamaba antes de expirar...
- Elí... Elí... Lema sabactani ? (Padre ¿ por qué me has abandonado?)
Pocas horas después, tras haber sido descendido del infamante Madero (al que, también, Jesús otorgaría su redención, convirtiéndolo en Símbolo de Vida), el cuerpo de Cristo quedaba depositado en un sepulcro nuevo, propiedad del santo varón José de Arimatea (uno de sus más íntimos, pero también secreto, seguidores) y una pesada losa, manejada por legionarios romanos, sellaba la puerta de la cueva-tumba.
Pero, entre aquellas dos escenas sublimes (la entrada triunfal en la Ciudad Santa y el entierro del Divino Cuerpo) transcurrieron varias jornadas, que, por los siglos de los siglos, habrían de marcar para siempre la historia de la Humanidad. Fueron los días de La Pasión y Muerte del Redentor, que, desde entonces y con numerosas variantes, viene celebrando el Orbe Cristiano, al llegar los días del mes de Nisan, cuando se acerca La Parasceve y la Luna parece brillar con más intensidad que nunca en el cielo nocturno.
Son los días que conocemos por La Semana Santa.
Durante ellos ocurrieron multitud de hechos, todos ellos de la mayor trascendencia, que, con diferentes formas y rituales, según aquella latitud en que nos encontremos, conmemoran los cristianos del mundo entero. Desde las sobrias liturgias de las distintas sectas luteranas, hasta las más esplendentes y coloridas procesiones penitenciales católicas del mundo latino. Desde los solemnes sones barrocos de Juan Sebastián Bach, hasta las casi festivas marchas procesionales de algunas regiones de Italia y España.
Eso sí, omnipresente y esplendorosa, la conmemoración, el recuerdo vivo, de La Pasión y Muerte del Hijo de Dios hecho Hombre, quien, con su vida terrenal, vendría a indicarnos el camino de La Verdad y La Justicia.
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