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¿QUÉ SON LOS PASOS?
El término "paso" designa al conjunto formado por las andas y lo que sobre ellas se representa. Es decir, se trata de una ampliación del significado que de esta palabra da la Real Academia de la Lengua: «efigie o grupo que le representa un suceso de la Pasión de Cristo y se saca en procesión por la Semana Santa».
Todos los elementos visibles se disponen sobre un estructura simple, una mesa, sostenida comúnmente por cuatro o seis patas, unidas por travesaños de madera. Las hermandades que radican en iglesias con pequeñas puertas u ojivas muy cerradas utilizan andas cuyas patas pueden doblarse para facilitar la entrada y salida. La estructura interna de las mesas es siempre igual y consta de cinco a ocho vigas transversales de madera, llamadas trabajaderas, que quedan a la altura de los hombros y permiten a los costaleros cargar los pasos, cuyo peso puede alcanzar los dos mil kilos. Si la imagen titular es un Crucificado, se dispone un mecanismo que permite bajar la cruz para sortear los posibles obstáculos. La parte exterior de la mesa se cubre con los faldones, confeccionados en ricos tejidos y habitualmente adornados con galones, bordados o pequeñas figuras de marfil o sedas de colores. En ocasiones los bordados son celosías que facilitan la aireación del interior (el faldón-respiradero). En otras, esta función la desempeña un cuerpo de madera tallada, dorada o de color caoba, o de orfebrería -los respiraderos-. Las medidas de un paso dependen de las características de la representación. Si se trata de un misterio, las dimensiones de la mesa oscilan entre 2,20 y 2,50 metros de ancho, 5 y 5,50 de largo y en torno a 1,50 de altura. Las de Crucificados, Nazarenos y Vírgenes tienen parecidas dimensiones, pero el largo es inferior, en torno a los 3,50 metros. Como puede observarse, estas dimensiones permiten que los pasos puedan discurrir por las estrechas calles.
Sobre la mesa del paso de Cristo se dispone la canastilla, estructura con la misma tipología que los respiraderos pero mucho más voluminosa y ornamentada con cartelas, capillas con relieves y figuras, medallones con pinturas, ángeles, blasones, símbolos y leyendas en latín. La talla de respiraderos y canastilla sigue líneas barrocas, góticas o platerescas y son trabajos contemporáneos, salvo en casos excepcionales. Las prolongaciones en los extremos de los respiraderos se llaman maniguetas, son de madera o metal labrado y no cumplen función alguna, salvo la ornamental. Se trata de un recuerdo de las antiguas parihuelas. En aquellos casos en los que los respiraderos y las canastillas son de tamaño diferente, queda un espacio sobre el que se puede disponer parte de la iluminación y, en el frontal, el martillo o llamador. Se trata de un aldabón de metal, que puede adoptar caprichosas formas o incluso reproducir monumentos de la ciudad.
La iluminación tradicional son los candelabros de guardabrisa, guardabrisones, faroles, hachones o ángeles lampadarios. Los primeros constan de un cuerpo de madera tallada y dorada del que salen vástagos de onduladas formas que portan tulipas de cristal abiertas, con un cirio corto en su interior. Los segundos, dispuestos sobre la mesa, son grandes ampollas con el borde ribeteado de metal dorado o plateado. Los faroles están realizados en metal o madera tallada y su tamaño es variable. Los hachones, gruesos cirios, van en candelabros de un solo cuerpo ejecutados en madera tallada con incrustaciones de orfebrería a veces. Este tipo de iluminación es exclusiva de algunos Crucificados y la cera es blanca, verde oscuro, negra o morada.
El exorno floral adopta formas diferentes, según se trate de un paso de Misterio, Nazareno o Crucificado. En el primer caso, las flores se disponen festoneando el borde de la canastilla, en ramos, en jarras y, en ocasiones, también en la mesa. En el segundo caso la disposición adopta la forma de alfombra floral y en el tercero la de un monte. Las especies empleadas son siempre los claveles rojos y los lirios morados, colores simbólicos del sufrimiento.
El paso de Virgen se caracteriza por llevar un dosel sostenido por largas varas de metal -varales-. El palio cubre completamente la superficie del paso y su tipología es diversa. El modelo más antiguo, llamado de cajón, consta de un techo sobre bastidor, cuyo interior va sin exorno o con alguna figura realizada en sedas de colores o bordada -la gloria-. Las cuatro caídas -bambalinas- son rectangulares, lisas o con bordados sencillos y pueden terminar en flecos dorados o ir adornadas con cordones y borlas. Desde principios de siglo se ha generalizado el modelo llamado sevillano, que se distingue por la profusa ornamentación, los ricos bordados, las anchas bambalinas partida, entre los varales, cordones, flecos o elaborados "pendantifs" El material utilizado varía entre el terciopelo, raso, tisú o malla. En múltiples ocasiones el exorno de bambalinas y gloria incluye figuras de madera, marfil u orfebrería. Los colores del tejido son variables aunque predominan los tonos rojos, verdes y toda la gama de azules. Un tercer tipo es el palio rígido, realizado en metal labrado con remates de crestería y, en ocasiones, con bolas o campanillas. El llamado mixto combina la crestería de metal con las caídas de terciopelo bordado. Los varales, en número de doce por lo general, que sostienen tan elaborados doseles son piezas metálicas, cilíndricas o primáticas, que pueden estar muy labradas con motivos florales y sostenerse sobre basamentos en forma de capillas o figuras. Se ajustan al palio y a la mesa y se rematan con artísticas perillas.
En la parte anterior de la mesa se dispone la candelería, conjunto de candelabros de metal labrado de distinto tamaño, colocado en filas paralelas y de menor a mayor, de manera que queda un espacio central para facilitar la visión de la Virgen. La parte posterior suele ir iluminada con los llamados candelabros de cola y, en contados casos, con faroles. Los primeros constan de un cuerpo descendente con retorcidos vástagos en cuyos extremos se colocan tulipas o pequeños faroles. Son de metal labrado con motivos vegetales y profusa decoración. Algunas efigies marianas están flanqueadas desde finales del XIX por las denominadas velas rizadas, piezas de madera cubierta de cera, rematadas por una vela y adornadas con flores y guirnaldas del mismo material.
El exorno floral se dispone en jarras metálicas de tamaño variable colocadas a lo largo del perímetro del paso y festoneando la mesa. Las especies empleadas son claveles blancos y rosas, frecsias, camelias, orquídeas, lirios blancos y azahar, además de ramos de flores de cera. El tono blanco predominante simboliza la pureza de la Madre de Dios. Tras el llamador, en el paso de la Virgen, suele figurar una pequeña imagen mariana de gloria o un templete relicario realizados habitualmente en orfebrería y marfil.
Con objeto de realzar la imagen, ésta
se coloca sobre un basamento, la peana, sujeto a la mesa y situado en el centro. El material es madera recubierta de metal repujado y, en algunos casos, de plata. Hasta aquí una descripción formal de los pasos tal y como aparecen en la actualidad. Pero no siempre fueron así, y su evolución, como la del resto de los elementos del cortejo, ha ido en consonancia con la conversión de la celebración penitencial definida en la edad barroca en una celebración cívico-festiva.
La Evolución del Paso
En las procesiones tardomedievales del Vía Crucis era habitual que figurase una cruz o un Crucificado portados por uno o varios clérigos. Las imágenes de la Virgen Dolorosa, sola o con San Juan, o Jesús con la cruz a cuestas se transportaban en parihuelas pequeñas desprovistas de adornos. En ocasiones esta mesa se apoyaba sobre cuatro patas y podía recubrirse con faldones de tejido liso. Se caracterizaba por su simplicidad y por la ausencia de flores e iluminación. La única función de estas mesas vestidas era transportar la imagen.
Desde la proscripción de las representaciones teatrales en el interior de las iglesias, surgieron en toda Europa escenarios móviles que posibilitaban el tralado de las representaciones gremiales en la gran procesión del Corpus Christi. Tales artefactos fueron conocidos con nombres muy diversos -rocas, castillos o carros-, tenían ruedas y se decoraban con cartelas pintadas alusivas a lo representado. No obstante, semejantes plataformas cumplían las funciones propias de un escenario teatral, con trampirentes niveles y escenografías. por lo tanto, era un espacio de representación no sagrado, a diferencia móvil que son los pasos.
Las primeras procesiones no llevaban escenas, a pesar de advocaciones que parecen indicarlo. Estas eran objeto de veneración y, todo lo más, se reproducían en cartelas pintadas en las andas de Crucificados y Nazarenos, pero a finales del siglo XVI se comenzaron a componer momentos de la Pasión: los Misterios. Este hecho conllevó la creación de un espacio donde varias figuras pudieran agruparse según la iconografía tradicional. El modelo de estas andas fueron, de un lado, los ya mencionados carros y, de otro, los grandes altares que engalanaban las calle durante la festividad del Corpus sobre todo. Podían tener un canasto muy simple formado por un pequeño entablamento o moldura cóncava, que empezó a pintarse en franjas negras y doradas para crear así un efecto de profundidad, al tiempo que se cubría la parte inferior con telas de sencillos bordados. La concepción del altar móvil como lugar de exhibición de la divinidad, y no como espacio teatral, justificó y potenció su progresivo enriquecimiento material y ornamental.
Sobre la moldura se concentró el esfuerzo decorativo que pasó del simple exorno curvilíneo saliente a una ornamentación compleja basada en el empleo de órdenes arquitectónicos, motivos vegetales, ángeles y bajorrelieves. Asímismo, se aumentó el número de°luces, integrándolas en las andas, pues antes la imagen se iluminaba, sobre todo, con las hachas encendidas que portaban los cofrades. El ejemplo ilustrativo de esta evolución es el actual paso de Jesús del Gran Poder, contratado en 1688 por la hermandad al escultor Francisco Antonio Gijón. La suntuosidad y ampliación de las andas no se debió tan sólo a una necesidad espacial, sino que respondía también a la concepción que la Contrarreforma tenia del templo. Frente a la austeridad protestante, la Iglesia Católica defendió el lujo como homenaje a Cristo y los santos y por ello de una gran importancia devocional.
Las andas utilizadas para las Dolorosas han sufrido una evolución paralela, en la que destaca la incorporación definitiva del palio, que en principio no era privativo de la Virgen. Su uso fue motivo de polémica durante el siglo XVII, momento en el que ya se utilizaba para este tipo de imágenes y era moneda común para las de gloria. Muchos teólogos opinaban que el palio debía ser exclusivo de Jesús Sacramentado y que no era apropiado emplearlo para iconos dolorosos, ya fueran de Cristo o de María. Los primeros palios eran muy sencillos, de color negro y, todo lo más, se ornaban con galones dorados. Los varales, en número de seis, eran de madera pintada. En ocasiones, la imagen se cobijaba bajo un dosel de estado o doselete, como puede observarse en grabados antiguos de la Virgen de la Soledad. Durante el siglo XVIII se generalizó este elemento, aunque el uso de oro y plata en su elaboración, tan habitual en nuestros días, estaba entonces restringido a las hermandades más ricas, como era el caso de la extinguida de la Virgen de la Antigua, Siete Dolores y Compasión.
Desde la segunda mitad del siglo XVIII a la del XIX, período de crisis de las hermandades, la forma del paso apenas sufre más modificaciones que las derivadas del gusto neoclásico, el cual prefería andas más sencillas, de líneas rectas, pintadas de blanco y con jaspeados y bordes dorados. El historicismo decimonónico propició la incorporación de elementos de líneas góticas, tales como arbotantes y pináculos, platerescas, con su típica hojaras orientales, con flores y frutos. Todo dentro de un modelo basado en el hiperdecorativismo. Paralelamente se emplearon en palios y faldones tejidos más ricos con una mayor profusión de bordados en oro, plata y sedas de colores, acabándose así el dominio de los tonos de luto.
La iluminación, como puede apreciarse en un grabado de Lucas Valdés del paso de la Virgen de la Soledad (1689), estaba constituida por faroles, en número de cuatro generalmente, y algunas veces, también, por unas pocas velas delante de la imagen. Hasta principios de nuestro siglo se mantuvo la escasez de luces, lo que permitía una mejor visión de peana e imagen. El exorno floral era asímismo, inexistente y sólo a mediados del XIX encontramos las primeras referencias a gastos por este concepto, aunque las especies utilizadas y la distribución eran muy diferentes. Se preferían alhelíes, geranios retama e, incluso, flores de tela dispuestas alrededor de los candelabros y, en ocasiones, de los varales. A finales de la referida centuria aparecieron los jarros de flores metálicas y los llamados ramos cónicos.
Si la magnificencia de los pasos; Durante la etapa barroca tenía un origen teológico, las transformaciones que han experimentado desde los últimos años del XIX apuntan al valor simbólico que ha adquirido la Semana Santa marco de las fiestas primaverales.
Manuel J. Gómez Lara
Jorge Jiménez Barrientos
De su obra Guía de la Semana Santa en Sevilla.
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