EL CORTEJO EN LA SEMANA SANTA DE SEVILLA
La procesión es el acto más importante de las hermandades de Semana Santa y, por tanto, está cuidadosamente preparada. Aproximadamente un mes antes del Domingo de Ramos los cofrades son convocados en la Casa de Hermandad para recoger la papeleta de sitio, documento que da derecho a participar en el desfile y asigna el número de orden en éste, según el criterio de la antiguedad en la corporación: los hermanos de más reciente inscripción figuran los primeros, mientras que los más veteranos aparecen más cerca de las imágenes. Para recoger el mencionado documento es preciso abonar una cuota de salida, que se fija según el elemento portado en la procesión. Así, las cantidades aumentan en sentido creciente según se lleve cera, cruces, insignias o se forme parte de la cuadrilla de costaleros.
También en gran número de hermandades se presta el atuendo, aunque es cada vez más frecuente que sea propiedad del cofrade, sobre todo si es de elevado coste. El precio de una túnica sobrepasa a veces las setenta mil pesetas y nunca es inferior a las quince mil. El día de salida se convoca a los participantes con la suficiente antelación para organizar la comitiva y, en muchos casos, celebrar misa o rezar. Cuando el templo es de reducidas dimensiones, el cortejo se prepara en una dependencia aneja, pero siempre de forma cerrada al público.
La Cruz de Guía abre siempre la procesión. A veces, abre la procesión una banda de tambores y cornetas, aunque la insignia llamada Cruz de Guía es la que de modo obligatorio da paso al cortejo. Es una cruz grande de metal, madera o carey, plana por lo general, aunque las hay de tipo arbóreo. Otras son de tamaño reducido y siguen el tipo de la cruz parroquial o manguilla. Es una enseña antigua, si bien antes ocupaba un lugar distinto en el desfile y de sus brazos colgaba un sudario que ha desaparecido. En la actualidad pueden ir ricamente ornamentadas con labores de orfebrería, símbolos pasionarios y motivos vegetales y llevar en el extremo superior las iniciales «INRI» (Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum»). También pueden adornarse con casquetes de orfebrería -conteras- en el extremos de los brazos y un cuerpo de ráfagas alrededor de la cruceta. En ocasiones, la cruz va acomparñada por nazarenos con grandes faroles. La mayor parte, al igual que el resto de las insignias, es obra de este siglo.
Tras ella marcha el cuerpo de nazarenos, en filas de a dos y dividido en tramos, nombre que recibe el bloque de hermanos que portan cera entre insignia e insignia. Cada tramo está regido por un nazareno diputado que lleva una canastilla, a veces forrada y con el escudo de la hermandad, o una vara corta o bastón con la que da la señal de parada o marcha de la comitiva. Quizás lo más característico sea la indumentaria, cuyo aspecto actual no tiene nada que ver con la vestimenta que utilizaban los antiguos flagelantes y penitentes, aunque hayan permanecido algunos elementos, como el cinturón de esparto y el antifaz, es decir, la parte que cubre el rostro y cae sobre los hombros, pecho y espalda; éste se sostiene con un cono puntiagudo -el capirote- cuya altura está fijada por la hermandad. Su precio ronda las mil pesetas y dos mil si lleva una badana para proteger la frente.
La función del antifaz, desde el siglo XVII, es asegurar el carácter anónimo del cofrade durante la estación de penitencia. A lo largo de los siglos XVIII y XIX la autoridad civil prohibió su uso en numerosas ocasiones, aunque con escasa fortuna, ya que a mediados de este último siglo se había generalizado en el atuendo de todas las cofradías. El origen del actual diseño del ropaje hay que buscarlo en el modelo utilizado desde 1760 por los hermanos de la cofradía de Jesús Nazareno (El Silencio) y en las transformaciones introducidas en la segunda mitad del siglo XIX, cuando las hermandades se lanzaron a reconstruir un supuesto aspecto medieval, incorporando sotanas, capas,cíngulos y blasones bordados. El resultado fue la multiplicación de colores en la indumentaria y la utilización de tejidos costosos, como el terciopelo. Hoy día las vestimentas siguen dos tipos fundamentales: las de capa y las de cola. Antiguamente esta última se llevaba recogida sobre el brazo y se soltaba, en señal de luto y dolor, al pasar por la Plaza de San Francisco y la Catedral. El término nazareno proviene,del nombre del titular de la Cofradía del Silencio, pues fue ésta la primera corporación que a finales del siglo XVI fijó un atuendo procesional, que por aquellos años consistía en un hábito morado, cabellera vegetal cubriendo el rostro, corona de espinas y soga de esparto del cuello a la cintura, a más de cargar con una cruz a imitación de la imagen venerada.
Cada cofradía tiene sus colores característicos, que son iguales para los nazarenos que acompañan los pasos, si bien en algunas hermandades se introducen variantes entre el cortejo del paso de Cristo y el de la Virgen. En la parte delantera del antifaz suele ir bordado o estampado el escudo de la cofradía, aunque a veces vaya oculto en la parte superior de la túnica. Si el atuendo incluye capa, el blasón figura también en ella. Los realizados en hilo de oro, plata y sedas de colores se aproximan a las veinte mil pesetas. Algunas hermandades vinculadas a órdenes religiosas reproducen algún motivo del hábito -el cordón franciscano de nudos, por ejemplo- o sus colores característicos.
La siguiente insignia en el cortejo del paso de Cristo es el Senatus, estandarte formado por un vástago rematado por el águila imperial, de cuya parte superior pende un banderín de tela bordada o de metal labrado. Es de forma rectangular y lleva la inscripción «Senatus Populusque Romanus» (El Senado y el Pueblo romanos) o las iniciales «SPQR». Es una enseña de carácter histórico, no religioso, cuyo origen puede estar en las cohortes romanas que figuraban en muchas cofradías, evocación de aquellas que supuestamente condujeron a Cristo hasta el Gólgota. Su uso se generalizó en el siglo pasado.
La bandera que sigue, negra con una cruz roja o morada en toda su extensión, es una enseña que tiene su origen en ciertos actos litúrgicos que celebraba el Cabildo Catedralicio durante los Oficios de la Semana Santa, en los que se tremolaba en señal de duelo. Algunas cofradías llevan banderas que recuerdan su vinculación con órdenes religiosas. La siguiente divisa es el estandarte. Se trata de una bandera que se pliega sobre un cuerpo duro y que se recoge sobre un asta rematado por una cruz. En ella figura bordado el blasón de la cofradía. Esta peculiar forma de llevar la bandera era originariamente otra señal de luto. Se conoce popularmente con el nombre de «Bacalao».
El guión sacramental está formado por una vara de metal labrado y un cuerpo rectangular de metal o tejido bordado. La ornamentación reproduce motivos eucarísticos, como uvas, espigas o el Cordero. Su presencia en el cortejo se justifica por haberse fusionado la hermandad con la Sacramental del templo de residencia. En muchas otras cofradías figuran guiones, de reciente creación, que hacen referencia a alguna característica de la hermandad, como los guiones con los nombres de diversas facultades en la cofradía de los Estudiantes. Otra insignia que figura en algunos cortejos es el lábaro, estandarte rectangular coronado por una cruz y terminado en doble punta. Es una pieza metálica labrada que se ondula alrededor de un vástago.
Las bocinas o trompetas figuran junto al paso, aunque, a veces, acompañan a la cruz de guía o se sitúan delante de los ciriales. Su función es meramente decorativa, son de metal plateado y repujado y se adornan con paños bordados en oro. En las antiguas procesiones se utilizaban para dar la señal de parada o marcha de la comitiva y evocaban las tubas que precedían a los cortejos y al ejército romanos.
Delante del paso, y portados por acólitos, van los ciriales. Son largas pértigas de metal labrado en cuyo extremo superior se dispone un cirio corto. Su número es variable, aunque lo regular es que sean cuatro o seis. Simbolizan el carácter de función religiosa de la procesión. El pertiguero dirige a los acólitos y viste costoso ropón morado o rojo con bordados, a veces gola, y de su pecho pende un pectoral con el blasón u otros motivos. Lleva una vara larga plateada, la pértiga.
También se sitúan aquí otros acólitos y servidores, a veces vestidos de librea, que portan incensarios, navetas o bolsas de carbón y son los encargados de esparcir el incienso, símbolo de la oración y la reverencia. En algunas cofradías, y detrás del paso, figura el carráncano que viste sotana con roquete, lleva un cirio delgado y acompaña al preste. Alrededor del paso marchan, entre otro personal de servicio, el aguador, encargado de dar de beber a los costaleros, y el apagavelas, que se ocupa de la iluminación del paso.
Delante de los ciriales o, a veces, junto al paso se sitúan la antepresidencia y la presidencia, formadas por los nazarenos de mayor antiguedad y los miembros de la Junta de Gobierno de la hermandad. Llevan varas, al igual que los que acompañan a las insignias. Estas son emblemas de autoridad y antes sólo las portaban los hermanos con cargos en la cofradía, aunque hoy no sea así. Unas constan de dos piezas: la inferior, de madera, y una superior, metálica, que encaja en ella y termina en un cuerpo circular. Esta especia de aureola enmarca el escudo de la hermandad, símbolos marianos, sacramentales o pasionarios, otras son una pértiga de metal plateado sobredorado, a veces repujado, que terminan como las anteriormente descritas, si bien en muchos casos el símbolo no vaya enmarcado. Antiguamente las varas eran de madera pintada, con los colores emblemáticos de la hermandad.
Los cuatro nazarenos que sin capirote escoltan el paso son los manigueteros y tienen por función proteger las andas de los embates de la multitud y colaborar en su conducción. Los penitentes, también sin capirote y cargados con cruces, se ubican normalmente detrás del paso, y si son muy numerosos, van repartidos a lo largo del cortejo.
El acompañamiento de la Virgen se abre con la Cruz Parroquial o manguilla, la cual, si la cofradía tiene un solo paso, se coloca en el centro de la procesión. Va flanqueada por dos ciriales y puede ser de alzada o de enaguilla. El primer tipo es una pértiga terminada en una cruz simple o un Crucifijo. El segundo, casi desaparecido, añade un paño oscuro en torno a la mitad del asta. Tras los primeros tramos de nazarenos aparece la insignia mariana por excelencia: el Simpecado o Sine Labe. Proclama la concepción inmaculada de María y se trata de un estandarte, por lo general, de terciopelo bordado. A veces en su centro figura una pintura o pequeña talla mariana. La primera en utilizarlo fue la Hermandad del Silencio y se generalizó en el siglo pasado tras la proclamación del dogma inmaculadista. Muchas hermandades llevan banderas alusivas al dogma de la Asunción de la Virgen. Siguen la tipología de la bandera de la comitiva del Cristo, pero sus colores son el blanco, el verde, el azul y el celeste y el asta suele estar rematada por una pequeña efigie de María.
Tras esta insignia puede ir el Libro de Reglas, que contiene los estatutos y ordenanzas por los que se rige la corporación. Están encuadernados en terciopelo, suelen llevar cantoneras y el escudo en metal. También los hay con las tapas de plata o metal labrado. Casi todos son de realización moderna, aunque los hay muy antiguos, con ilustraciones y grabados. Su presencia en el cortejo es un recuerdo de los conflictos de precedencia que tantos incidentes provocaron en siglos anteriores. Para acreditar la mayor antiguedad de una corporación, y consiguientemente su derecho a pasar antes que otras, las cofradías decidieron llevarlo en la procesión para de esta manera probar sus derechos. El nazareno que lo porta, por lo general uno de los secretarios de la cofradía, sostiene, al igual que los que lo acompañan, una vara. En algunas, va precedido por el pertiguero.
Al igual que en la primera parte de la procesión, pueden aparecer guiones diversos, como el Romano de la hermandad del Silencio; el que proclama a Sevilla como ciudad mariana, de la Hermandad de San Bernardo, o el llamado Mediatrix, alusivo al papel mediador de la Virgen en la Salvación, de la Hermandad del Cachorro. Las corporaciones que ostentan el título de pontificias pasean una bandera con los colores blanco y amarillo y el emblema del Vaticano. Exclusivo de la Hermandad de la Macarena es el Tintinábulo, pequeña sombrilla de la que penden borlones, sostenida en una asta rematada en cruz. Alude al carácter basilical del templo macareno y es portada por un acólito. La última parte del cortejo de la Virgen en nada se diferencia del ya descrito para el primer paso.
La cofradía puede no llevar música, llevarla sólo en el paso de Virgen, en los dos o ir acompañada por una capilla de instrumentos de viento (oboe, clarinete y fagot) y, a veces, cantores que entonan coplas y motetes dedicados a los sagrados titulares. Este último tipo de acompañamiento musical se sitúa delante de los pasos, mientras que las bandas van detrás.
Hay que hacer notar que las primitivas procesiones se singularizaban por el silencio, sólo roto por el sonido de las llamadas trompetas dolorosas. Algunas llevaban música litúrgica y cantores que interpretaban gregorianos funerarios, y otras, también, pífanos, tambores destemplados y flautas roncas. La polémica que desde muy antiguo suscitó el que cofradías que conmemoraban la Pasión y Muerte de Jesús llevasen música fue muy enconada.
Numerosos teólogos consideraban este aspecto como indecoroso e ilícito. La situación en nuestros días es muy diferente, ya que lo raro es la ausencia de música. Desde finales del siglo pasado, momento en el que se incorporan a la procesión bandas militares de cornetas y tambores, el acompañamiento sonoro ha evolucionado en una dirección claramente festiva. Las primeras marchas compuestas en los últimos años del pasado siglo estaban influidas por la ópera de corte italiano. En ellas predomina el tono fúnebre y solemne, mientras que ya desde la segunda década del siglo XX las composiciones utilizan ritmos populares de claro origen festivo, como el pasodoble, y proporcionan a los conductores del paso el ritmo de sus llamativos y espectaculares movimientos.

Los romanos, los populares armaos, que con anacrónicos uniformes figuran tras los pasos de Cristo de las hermandades de la Macarena y del Santo Entierro, son restos, rescatados en el siglo XIX, de dramatizaciones del Entierro, en las que, tras desenclavar una imagen guiada se la depositaba en una urna. Esta era acompañada durante toda la noche por hermanos con armas que figuraban la guardia que Pilatos, a ruegos del Sanedrín, puso a la entrada del Sepulcro para evitar que el cuerpo fuese robado y los discípulos propagasen el milagro de la Resurrección. A finales del siglo pasado y principios del actual eran muchas las hermandades que procesionaban con cohortes. Producto asimismo de la mentalidad reconstruccionista del pasado siglo son los personajes de la Verónica y la Fe, de la Hermandad de Monserrat. La primera lleva en las manos un paño desplegado con la Santa Faz; la segunda, con los ojos vendados, sostiene un cáliz y una cruz.
Quizás sea el modo de llevar los pasos una de las mayores peculiaridades de la Semana Santa de Sevilla; los encargados de esta difícil misión son, desde hace pocos años, hermanos de la cofradía. Antes los costaleros se reclutaban entre los obreros del muelle o del gremio de porteadores. El nombre deriva del tocado que les protege la cabeza y el cuello, el costal. Consiste en un cuerpo cilíndrico flexible sobre el cual se enrolla apretadamente una tela basta forrada con lienzo de algodón, de manera que se ajuste bien a la cabeza. Pueden adquirirse en los mismos comercios de túnicas de nazareno y el precio es de unas mil quinientas pesetas. Utilizan por lo general ropa y calzado cómodos y se protegen la cintura con un fajín. Los costaleros que componen la cuadrilla reciben distintos nombres, según el lugar que ocupan -del extremo al centro- debajo de las andas: costeros, fiadores y corrientes. Los costeros que van junto a las patas de la parihuela son los pateros.
El número de portadores depende de tamaño y peso de las andas y oscila entre treinta y cincuenta. El capataz, que suele ser hoy un hermano, aunque queden algunos profesionales, dirige con su voz la marcha de los pasos. Para dar la señal de marcha o parada utiliza el llamador. Los contraguías, situados a ambos lados del paso, transmiten las órdenes dadas por el capataz. Todos ellos visten traje oscuro y corbata y pueden lucir la medalla de la hermandad al cuello.
Las razones para la tracción humana y no la animal o mecánica fueron expuestas ya en los comienzos del siglo XVII a propósito de la manera de llevar la custodia con la Hostia consagrada en la procesión del Corpus, argumentándose el mayor decoro y dignidad de la primera. Esta fórmula de conducción se utilizó en Sevilla ya desde los últimos años del siglo XVI y queda constancia documental de que la hermandad de Monte-Sión llevaba así su misterio. Al principio la conducción de las andas era un sencillo caminar, pero desde principios de nuestro siglo, y en paralelo al desarrollo de la música, se han impuesto modos efectistas de conducción. Una serie de cuadrillas de costaleros crearon varios estilos de procesionar que pueden reducirse a dos modos, según el carácter «serio» o «alegre», de la hermandad. Así las cofradías del Silencio y Gran Poder se caracterizan por el llamado «paso racheado», que hace que la imagen parezca caminar. Los históricos capataces Antonio Torres, Eduardo Bejarano, Rafael Franco, Rafael Ariza o Salvador Dorado están unidos no sólo a este estilo sino también al contrario, que hace bailar el paso al ritmo de la música, cimbreándolo, meciéndolo o alternando cortos movimientos hacia adelante y hacia atrás.
Estas prácticas han sido y siguen siendo criticadas por la jerarquía eclesiástica, pero el aplauso popular con que son recibidas deja claro que esta forma de llevar las imágenes constituye uno de los aspectos más singulares y atrayentes de la festividad sevillana.
Manuel J. Gómez Lara
Jorge Jiménez Barrientos
De su obra Guía de la Semana Santa en Sevilla.
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