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LITERATURA COFRADE
|Rafael Roblas Caride|
EL SENTIMIENTO ELEGÍACO Y LA SEMANA SANTA EN LA OBRA DE TRES POETAS SEVILLANOS DEL SIGLO XX. (Parte 1)

Resulta muy curioso el discurrir de la elegía a través de la historia de los géneros literarios. Primitivamente, en la literatura grecolatina el género literario elegíaco se definía más por su estructura formal que por su temática. De este modo, toda composición escrita en dísticos elegíacos (combinación métrica compuesta a partir del pentámetro y el hexámetro) recibía en el mundo clásico la consideración de elegía, advirtiéndose una correspondencia casi unívoca entre término y poema. Así la elegía acogía dentro de sus límites temas tan dispares como el amor, la política o la mitología, aunque, poco a poco, fue adoptando caracteres mucho más familiares como se desprende del hecho de que el poeta elegíaco personalizara cada vez más la situación cantada, identificándose con ella y, por tanto, subjetivizándola. Ovidio y Horacio son dos de los principales autores que cultivaron el género elegíaco en esta primera etapa.

Posteriormente, durante la Edad Media las fronteras entre la forma y el tema fueron cediendo paulatinamente. En la Italia del duecento ya se consideraba la elegía como "versum miseriorum" ("estilo de los desgraciados"), de corte particularmente amoroso aunque contaminada también por aspectos morales y filosóficos. Más adelante y ya en pleno Renacimiento, cuando la lengua romance había triunfado sobre la latina en las más importantes literaturas de occidente, se plantea un nuevo problema: ¿qué metro es el más adecuado para reproducir la cadencia del antiguo dístico elegíaco? Finalmente, en el caso de España se impuso el terceto de influencia italianista como cauce del género elegíaco, pero dicha solución no se mantuvo exenta de confusiones formales al confluir también con el resultado tomado por otros géneros clásicos, la epístola por ejemplo, en el molde del terceto. Precisamente esta fijación formal viene a coincidir con otra clase de fijación, esta de aspecto temático. La subjetividad del poeta en relación con el poema se incrementa, siguiendo con la evolución natural que ya se había iniciado en la etapa latina. De este modo, cobra especial relieve la primera persona como marca genérica. Por otro lado, la elegía comienza a relacionarse casi en exclusividad con el tema funerario, pasando a identificarse primero con el canto-homenaje a las virtudes del difunto y, por extensión después, con el canto a todo aquello que se pierde por el paso irremediable del tiempo, entroncando así con el tópico del tempus fugit.

Desde el Siglo de Oro hasta nuestros días, el género elegíaco fue gradualmente perdiendo conciencia formal, olvidándose del terceto como marca caracterizadora e identificándose cada vez más con la temática . De este modo, la elegía, que debía su primer nombre al tipo de verso en que estaba escrita, se convirtió en lo que es hoy: no tanto en un género como en una actitud ante la obra literaria. Exagerando un poco, no cabría entonces referirse al género elegíaco como género en sí, sino como posición que el autor adopta con respecto a su obra, independientemente de la naturaleza de la misma: ya sea dramática, narrativa o lírica. Precisamente, de esta actitud, casi vital, se ha estado alimentando insistentemente la lírica del presente siglo, advirtiéndose en la historia literaria una línea continua muy importante engrosada por autores contemporáneos cuyas poéticas se caracterizan por un acentuado carácter elegíaco. Aprovechando esta sugerente línea, para el presente trabajo se ha realizado una mínima selección de tres poemas que comparten, además del peculiar matiz elegíaco del canto por lo perdido, el escenario real-simbólico sobre el que el autor proyecta su sentir poético: la Semana Santa de Sevilla. Casi inconscientemente, esta pequeña antología ha permitido también relacionar entre sí tres generaciones poéticas distintas, personificadas curiosamente en tres autores sevillanos, que podrían ser tomadas como tres de las variantes principales que, grosso modo y con mucha cautela, resumen el recorrido de la poesía española por el siglo que finaliza: Luis Cernuda, Rafael Montesinos y Javier Salvago. O lo que es lo mismo, Generación del 27, Primera Generación de Posguerra, y Poesía de la Experiencia.

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