HISTORICO
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PREGÓN SEMANA SANTA 2001

DIOS DE LOS CRISTIANOS

Y a El Salvador iremos a ver a Dios. A tratarle de tú.

Eres, Señor de Pasión, la última esperanza de quienes han llenado su vida de sueños fugitivos. Están ahí, a la vuelta de la esquina, viven en esos sitios en los que la realidad está en guerra con los pájaros. Para ellos Dios es poco más que una mano con dedos nudosos. Son, Señor, esos hijos tuyos desechables y miserables a los que ojos egoístas recriminan la existencia desde cualquier ventana. Son paridos día a día a la intemperie, fantasmas de países desangrados que jamás son invitados a la gran fiesta de la humanidad. No van a verte. Suele ser gente de pocas cosas y mal explicadas. Hay tipos a los que comulgar les da acidez. A otros les duelen los dientes al rezar. Pero son hijos también de tu Pasión, de esa palabra tuya que habla de amor. Pero ¿qué mayor amor hay hoy que la justicia? ¿Dónde está, Señor, la justicia que esperan los que mueren por llegar al norte, los ahogados de cansancio, los que no tienen ni padre, ni madre, ni patria, ni casa, ni silla para sentarse, los que no tienen familia, los que no tienen ni tumba?. Si levantamos la piel al mar, veremos a muchos de ellos allá abajo. Cuando la soledad se queda a vivir de madrugada en los semáforos, cuando se hace el silencio en el rostro demudado del miedo, cuando los fantasmas siguen el releje que les lleva a donde no hay ciudad, cuando los puños robustos de la pena apalean a los indefensos, es cuando más necesario eres.

E iremos a San Lorenzo, a ver a Nuestro Señor, para llevarle allá donde mueren los que no son capaces, al frío mundo de los indolentes, a las fronteras que no cruzamos por temor a encontrarnos con la verdad reseca de los que no tienen nada. Señor del Gran Poder, hay que tomar tu palabra y hacerla social y cotidiana, traducirla a los hechos de este siglo que empieza y que, como los anteriores, amenaza con dejar almas violadas en los cementerios. Mientras alguien mire al pan con envidia, el trigo no podrá dormir, oí decir.

A los católicos nos sienta bien la caridad. Pero como cristianos, convendría que buscáramos justicia, que no es lo mismo, aunque tenga mucho que ver. En el fondo, a los católicos nos convendría ser un poco más cristianos de lo que somos. Pero ese es otro debate.

En estos tiempos que tanto se parecen a una fiesta de cuervos, mi pregunta, esa que lleva persiguiéndome tantos años, no deja de ser una forma de súplica. Tú eres, Señor, el último flotador de un barco que nunca acaba de hundirse. Danos la Fe, que cuando un hombre tiene Fe, nunca está solo. Y ayúdanos a quitarnos tanto Judas de encima, tanto visitante de la muerte, tanto odio sobre Sevilla, tanta fiereza de pistolas negras sobre su gente, tanta navaja afilada por sabinos enloquecidos y calentada al fuego de las hogueras por acólitos de no sé qué independencia.

Porque asombra, Señor, que, vistas las cosas, después de dos mil años, en ciertos lugares siguen vitoreando a Barrabás, al que salvan de cualquier castigo y al que entronizan como héroe popular. Por cada Barrabás que coronan, aquí muere un cristiano. Y tanta muerte harta de tal manera que la ira se apodera de nosotros y nos conduce a donde no queremos ir. Quinientos judas sevillanos han preferido a Barrabás y cuando eso ocurre en una tierra hastiada de poner la otra mejilla, uno se pregunta si hay que dejarse llevar por la furia o hay que seguir manejando inútilmente la templanza y la espera de tiempos mejores. Yo no lo sé, pero me malicio que quienes tienen que saberlo, tampoco lo saben. Entretanto, vamos conociendo la cara negra de la muerte, ese saurio esquelético que tiende su red pegajosa y blanda, que llega a ti vestida de frío como un luto anticipado y seguimos rindiendo honor a la memoria de los inolvidables Alberto y Ascen, o a la del recientemente muerto Antonio Muñoz Cariñanos, por no citar a aquellos que han tenido que dejar su tierra, su casa, su gente, amenazados por las balas y el odio inexplicable, o a aquellos que le hemos devuelto el saludo a la muerte.

Hace pocos días, envuelto por el aire franciscano de San Antonio de Padua, frente al Señor del Buen Fin, oí hablar de paz. Y sumé mi voz al eco de San Francisco de Asís cuando pedía paz para los hombres, para los pájaros, para todas las cosas. Paz. Pido también paz para la hermana luna, para el hermano sol, para la Tierra. Pero también pido paz para Sevilla, paz para los hijos de Sevilla, paz para los vivos y los muertos, paz para los amenazados, paz para nosotros. Paz, paz, paz y solo paz. ¡Dejadnos en paz!.

Señor, en tu inmenso Gran Poder, tal vez tu mano esté hastiada de encalar el firmamento, pero nosotros, Señor, somos el único error que nos podemos permitir, y nuestra estatura crece en el desastre. Los que aquí estamos, hijos de alguna resaca de plegarias, conocemos demasiado bien nuestras cicatrices. Toda primavera, Señor de Sevilla, cuenta con sembrados que fracasan, la luna tiene pedregales y el aljibe presuroso de las aguas de mayo acumula estiércol y gañanía. Lo sabemos. Pero el hombre merece un salario de esperanzas. Aquí tienes nuestras manos, vueltas sus palmas hacia el cielo, mustias como campanarios abandonados, tremulantes, como mis palabras suplicantes al aire de San Lorenzo, temiendo contagiar la penumbra o la pesadumbre. Mis manos y estas manos son las manos de tus hijos. Son las manos de los que mueren. No las de los que matan. Son manos pacientes. Manos de sangre sevillana. Danos, Señor del Gran Poder, el soplo de esperanza que deja en el viento tu andar cansino hacia el Calvario.

Ten mi llanto sujeto y altanero
y el despertar sereno de mi aurora
mi mano temblorosa y ten ahora
Este amor desmedido y pregonero

Y de mi boca el rezo del sosiego
de mi ayer, porvenir de mis regresos
de mis labios, perfil de algunos besos
Y ten mi devoción por si la quieres luego

Cruzo y recruzo, amor, para ir contigo
Con este soplo de Fe y de amanecer
Ve la sangre de mis labios cuando digo
¡Salva siempre a Sevilla, Señor del Gran Poder!

CRISTO CAMINA POR SEVILLA

Pero, ¿por qué caminan los Cristos en Sevilla?.

Cuánto de innatural y extraño se esconde en el lento avance de un Crucificado que recorre nuestras calles con el paso firme y verdadero, pero a la vez dulce y lleno de consuelo, de un hombre que agoniza sobre una Cruz.

Estaréis de acuerdo con este pregonero en que cada paso de Cristo en la Cruz que camina por Sevilla es mucho más que un altar de madera con una dramática estampa de Jesús.

Lo sabéis, lo sabemos todos, que se trata de Dios, el mismo Dios hecho hombre caminando ante nuestros ojos en una imagen repetida desde niños. ¿Qué otra cosa sino a Dios acertáis a ver, decidme, cuando contempláis al Cristo del Amor alejarse Cuna abajo en una anochecida de primavera mientras el eco de la esquila de una espadaña resuena por las amorosas azoteas de vuestra infancia?

Decidme si no es a Dios a quien veis cuando el Cristo de las Almas, el de la Fundación, el de La Veracruz, el de la Conversión, el de las Siete Palabras, el de la Exaltación o el de la Sed derraman en el dulce atardecer del Centro su letanía de pasos contados bajo un cielo de vencejos que ponen música al silencio triste de Jesús crucificado.

Y por más que miremos bajo un paso de Cristo y sepamos de la presencia de los sufridos costaleros, a nosotros no nos engañamos. En un Crucificado de Sevilla vemos caminar a un hombre al que llaman Jesús en la Cruz de su Buena Muerte, en la señorial oscuridad de San Gregorio con los Estudiantes o en la mansedumbre inerte del de la Hiniesta a la misma hora subiendo Placentines.

Ahí va Dios, lo podéis ver, atravesado de un dolor vertical que apunta al Cielo y de otro horizontal que democratiza su agonía y la convierte en un asunto íntimo y de todos a un tiempo.

Por qué caminas, Señor, si agonizas en la Cruz? ¿Adónde llevas tus músculos deshechos por el sufrimiento? ¿Por qué vienes hacia nosotros Santísimo Cristo de la Salud, de la Sagrada Expiración, de Burgos y del Calvario? ¿A qué moverte?

Déjame que te acompañe. Quiero ver tu rostro más de cerca. Quiero poner mi mano y sentir la piel todavía tibia de tu cuerpo. Permíteme, Señor, que apoye mi frente a los pies de la Cruz. Quisiera sentir la última vibración de tu respiración cansada, arrancar tus clavos, besar tus heridas, apaciguar tu dolor, que es el nuestro, y seguir a tu lado mientras trato de descifrar todo el misterio de ese largo camino al Cielo... por la señal de la Santa Cruz.

ESA FORMA TUYA DE MORIR

Expiras. Y mueres. Y no acabas de morir. Y en el Museo vives otra tarde en la muerte curvada de tu figura y en el Patrocinio vuelves a vivir para volver a morir.

Te veo venir de lejos
Y ya estoy viendo venir tu muerte
Me voy a tu encuentro
Pausadamente

Como tantos, absortos, perplejos.
Qué solo estás Cachorro,
con tanta gente
Qué solo en tu cortejo.

A quien estás llamando con los ojos
Si solamente un viento te acompaña
Que se da mucha más saña
En aventar tus despojos
Que en calmarte la agonía
Que está dejando vacía
Tu mirada de congojo.

Te veo venir desde lejos
Y no sé si son tus ojos
Los que están mirando al cielo
O es el cielo que es tan viejo
que le ha puesto a tu reflejo
una pena y un desvelo

Y si estás muerto
¿por qué te siento?
Si no vives,
¿quién me habla?

De quién son esas palabras
Que caídas de una cruz
Me cortan como un lamento
Con ese sagrado acento
De Jesucristo andaluz?

Eres Dios o eres madera?
Eres hombre, eres cualquiera?
O eres solo primavera
Que Triana a su manera
No ha dejado que muriera?

No lo sé
¡Si yo supiera!

Sabría que hacer con mi pena
Con tu agonía,
tu quebranto
Y con el duelo
Y la condena
De morirte siempre tanto

Sabría que no te me mueres
Que nunca mueres
Cachorro
Que esta entre mis menesteres
Seguirte
hasta donde eres
Cristo, mi Fe y mi socorro

Y entre tanto yo me asomo
A tu puente
y lo recorro
De la duda al abandono
Tu te estás muriendo a plomo
Cachorro de Dios, Cachorro

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