También destacó Florencio Quintero en la composición de numerosas saetas (quintillas), la mayor parte de las cuales nacieron al calor de la tertulia. Muchas se perdieron, otras, amparadas por su carácter popular se cantan durante los días pasionales sin que nadie les ponga el nombre de su autor. Precisamente, en 1964, el Premio Nacional de Saeta correspondió a la siguiente:
Podrá brotar un clavel
o un trino de golondrinas,
nunca un rosal, si Él camina,
que a los pies del Gran Poder
no pueden nacer espinas.
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Para finalizar, se recoge el siguiente romance, dedicado a la Virgen de la Trinidad, o más concretamente al paso de su palio por la estrechez antigua de la calle Sol, momento emotivo en la Semana Santa del pasado más reciente. Dicha composición, refleja todo lo ya apuntado hasta estos momentos, con lo cual, resulta casi innecesario repetirlo.
DE SAN ROMAN A LA RONDA
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La luna, por ser la luna,
es casi un redondel blanco.
La estrella tiene los picos
de los pétalos de un nardo.
La palabra, se hizo muda
por las espinas del cardo,
que para hablar de Esperanza
hay que tener pecho ancho.
Lo estrecho, por ser lo estrecho,
no puede ser nunca amplio.
Sin embargo, Tú, Esperanza,
Trinidad de trinitarios,
la estrechez de calle Sol
en San Román le está anchando.
La Virgen de las Angustias,
Angustias de los gitanos,
con un ramo de claveles
a Esperanza está esperando.
"Manué" se estira los puños
de un limpio camisón blanco
y con un garbo torero
le brinda piropeando:
"Los claveles para Ti,
Madre de los trinitarios;
Preciosa de las bonitas,
Agüita de arroyo claro,
Rosa de la Trinidad,
Margarita de los campos,
Azucena blanca y pura,
Perfume de azahar blanco...
¡Para Ti estos claveles
de Angustias de los gitanos!"
La Esperanza le sonríe
con una mueca en los labios,
mientras que los costaleros,
sobre los pies, tan despacio,
que parece que no mueven
ni un varal, ni un candelabro,
mecen a esa luz del cielo
que llena el Sábado Santo.
La calle del Sol se estrecha
para que no pase el " paso",
y se quede para siempre
en un balcón o en un patio,
que para Esperanza tiene
un altar, cualquier espacio
en la salita, en la alcoba,
en los ojos, en las manos,
en el pecho, el corazón,
en cualquier sitio del "barrio"
un balcón y otro balcón
están perfume tirando,
y en el palio un clavel rojo
al rozar se ha perfumado,
que el perfume se perfuma
con sólo rozar su palio.
Un chorreón de balcones
está avasallando el "paso"
y un montón de gitanillas,
flores que amargan a amargo,
están cantando la copla
de un dulzor de dulce canto.
La Virgen de la Esperanza
sigue avanzando, avanzando
hacia un convento de monjas
que tienen un canto blanco.
La Virgen de la Esperanza
dejó ya el monte calvario
y entre balcón y claveles,
entre el corazón del barrio,
en la estrechez de una calle
y puros tocados blancos,
se fue por el ancho cielo
que la Trinidad le ha dado
la Virgen de la Esperanza,
gloria del Sábado Santo.
Las campanas de Sevilla
a gloria están repicando.
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A estas alturas del presente trabajo, el lector habrá llegado a la conclusión de que sin duda alguna, en la obra de Florencio Quintero se perciben rasgos de gran calidad poética, abocetados seriamente en Alborada y más diluidos en otras composiciones. Quizás la repentina muerte en plena madurez, el descuido despreocupado en la hora de la creación, y sobre todo, el hecho de haberse plegado a las circunstancias de lo que el público de su época le requería, hacen notar en la obra de Florencio Quintero una discontinuidad cualitativa en la que, sin embargo, son apreciables múltiples aciertos. De todos modos, queda aún por hacer una revisión seria y paciente por parte de los estudiosos en la materia que, sin duda, revelaría aspectos insospechados sobre la obra de este poeta sevillano.
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