La anómalamente tibia noche del uno de Diciembre quería parecerse a los días en que un agonizante invierno va dejando paso, poco a poco, a la incipiente primavera... sólo faltaba en los naranjos de la plaza de San Martín alguna que otra flor de azahar, para que la onírica sensación se convirtiese en realidad.
Eran poco más de las nueve de la noche, cuando la Cruz de Guía de "Santa Marta" se asentó bajo el dintel de la antigua iglesia filial y, en ese momento, uno de "los silencios" más clamorosos (no impuesto, por descontado) de Sevilla se hizo entre la multitud expectante.
Minutos más tarde, la Cruz de Guía tomó el camino de la calle de Cervantes y tras ella, formados en hieráticas y silentes parejas, los cofrades de "Santa Marta" desfilaron lentamente, precediendo a la primera imagen de uno de sus Sagrados Titulares, Santa Marta, que aparecía en unas sencillas andas de traslado. Toda la estilística de Sebastián Santos plasmada en el rostro de "la Santa" (como coloquialmente la llaman los cofrades de "Santa Marta") dejaba un hálito de trascendencia a su paso.
Y, si esto es posible, el silencio fue haciéndose más denso y profundo, hasta cuajar en un auténtico altar de respeto y devoción, cuando apareció, portado en su parihuela (que asemejan un lecho fúnebre) el Stmo. Cristo de La Caridad. Quienes tuvieron ocasión de presenciar su tránsito cofradiero, por las calles de Sevilla, aquel inolvidable Lunes Santo en que, por mor de la lluvia, fue esta Hermandad la única que realizó Estación a la S. I. Catedral, comentaban la semejanza existente entre los dos solemnes momentos. Y, entre olas de silente veneración, Cristo muerto avanzó hacía la plaza de san Andrés, camino de "su casa". Todo el desgarro imaginero y expresivo de Luis Ortega Bru en la imagen yacente dejó su impronta en el corto itinerario.
Más tarde, sin prisas pero sin pausas en la comitiva, fue Ntra. Sra. de Las Penas la que apareció casi al final del cortejo y digo bien, casi al final, pues tras las andas en que iba portada figuraban aun varias parejas de hermanos con sus cirios azules, destilando cera fundida, que asemejaban lágrimas de agradecimiento al Altísimo, por haber permitido a Sevilla vivir el ansiado momento. De nuevo la evocación de Sebastián Santos... en formidable contraste con la imagen de Cristo yacente, la dolorosa dulzura de Ntra. Sra. de Las Penas, con un aura de alegría por el regreso.
Entre la multitud y también entre las filas de hermanos, una nutrida representación de la Sevilla cofrade. Allí, entre el pueblo de Dios, estaba Juan Carrero, impenitente enamorado de nuestra Semana Mayor... y otros muchos personajes ligados ya a la historia de la Ciudad, por su vinculación a las hermandades de Penitencia. Como también vimos a Iñaki Gabilondo, al que una rosa roja llevó para siempre a la Hermandad de "Santa Marta". Pero también estaban los sevillanos de "a pie", ignotos y anónimos, que con su presencia llenan de vida nuestros cortejos penitenciales.
El cielo, que había amenazado lluvia durante todo el día (como ocurre a veces en Semana Santa) comenzó a "abrir" a últimas horas de la tarde y en el momento de iniciar el traslado dejaba ver algunas tímidas estrellas, que no habían querido perderse el ansiado acontecimiento. Fue un traslado rápido, silente y fervoroso, pero a la vez íntimamente alegre... ¡por fin "Santa Marta" podía retornar a su sede canónica, abandonada por las necesarias obras de restauración. Por fin, de nuevo, el próximo año D. M. la cofradía volverá a salir de su sede y entrar en la misma, tras haber dejado por la Ciudad la estela del especial aroma de su incienso. Trascendía en los serios rostros de los cofrades que acompañaban a las Imágenes una íntima alegría, imposible de disimular, a la vez que una cierta nostalgia, por abandonar la iglesia que les había acogido durante su forzado exilio. Alegría por el hecho de volver... nostalgia porque atrás quedaba una hermandad del Miércoles Santo que les brindó todo tipo de facilidades en el tiempo que allí permanecieron.
Y, una vez más, la "bulla" sevillana dictó una práctica "lección magistral" de comportamiento, con su silencio, con su "saber estar", con su calor fraternal, durante todo el itinerario del traslado.
Eran alrededor de las diez de la noche cuando Ntra. Sra. de Las Penas hacía entrada en su sede ¡ONCE AÑOS DESPUÉS! y, tras presenciar el traslado, inmersos de nuevo en la vorágine ciudadana de una noche de viernes, pudimos oír exclamar (pletórico el corazón) a un automovilista que transitaba por la calle de Javier Lasso de La Vega y hubo de detenerse en un semáforo: ¡ Ya huele a Semana Santa ¡
¡Cuanta razón tenía aquel conductor anónimo! Aunque la fecha era el uno de Diciembre y en las calles lucía ya el exorno que caracteriza a la Navidad, en Sevilla, aquella noche, "olía a Semana Santa".
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