Fue todo como un sueño. El Cristo de las Aguas y su Madre, la Virgen del Mayor Dolor, regresarían de nuevo a ese arrabal que por nombre tiene Triana, esa misma Triana donde nació la Hermandad hace doscientos cincuenta años.
Ese sueño duró dos semanas, un período de tiempo en el cual, Triana disfrutó teniendo entre sus gentes a Nuestra Madre y Señora del Mayor Dolor, y teniendo también a ese Jesús dormido, ese Cristo Santísimo de las Aguas.
Cuando caía la tarde del 25 de febrero, la Hermandad de la calle Dos de Mayo abrió las puertas de su pequeña capilla, unas puertas por la que salían unos hermanos que, llenos de alegría y esperanza, esperaban encontrarse de nuevo con esa Triana en la que un día lejano nacieron. El Señor de las Aguas era portado dulcemente sobre los hombros de sus hijos, y la Virgen del Mayor Dolor, quien seguía a su Hijo inmediatamente detrás, era portada en unas sencillas parihuelas. La noche seguía cubriendo con su oscura capa el cielo de la ciudad, y en esos instantes, el Señor y la Virgen, escoltados por esos hijos suyos que iluminaban el camino con la luz de sus morados cirios, se encontraban sobre el Guadalquivir, llegando a Triana por la plaza de Cuba, y continuando después por Betis, Troya y Pureza hasta arribar en la Catedral del otro lado del río, esa Catedral que Alfonso X el Sabio ordenó construir hace casi ocho siglos en honor a la Señora Santa Ana. La Virgen del Mayor Dolor saludaba a su Madre Santa Ana, y el Cristo de las Aguas conocía a su Abuela, pues tras el desgraciado accidente de 1942, el Señor resurgió de unas cenizas, sin llegar a conocer a la Señá de Triana.
Una vez allí, la Hermandad hoy asentada en el Arenal (un barrio considerado como un "pedacito más de Triana") comenzó la celebración de su Quinario cuaresmal. Todos sentían la ausencia de Guadalupe, pero Ella no nació en Triana, y además, alguien tenía que quedarse entre los vecinos del Arenal para que vayan a rezarle. Estos cultos del Quinario fueron muy especiales, no sólo por que se celebrase en Santa Ana, sino porque cada día predicó un sacerdote hermano de la corporación, y además, al finalizar el último día de Quinario realizaron, bajo las bóvedas de la casa de Santa Ana, una procesión con el Santísimo Sacramento del Altar.
En la mañana del 4 de marzo, la cual amaneció lluviosa, siendo de todas formas radiante en el espíritu de la cofradía, se celebró la Función Principal de Instituto, una misa en la que todos los hermanos renuevan su fe, una fe que no renovaban en ningún templo trianero desde hacía 59 años. Y al caer la noche, la lluvia seguía presente en Triana, y los hermanos de las Aguas lo tenían todo dispuesto y preparado para trasladar a sus Titulares hasta la casa mayor de la Esperanza. La lluvia seguía estando fuera, no se iba. Daba igual, las imágenes serían trasladadas hasta la capilla marinera, porque esa noche dormirían junto a la Esperanza y junto a las Tres Caídas de su Hijo. Emotivo fue el instante en el que el Señor de las Aguas fue colocado a los pies de la que era, es y seguirá siendo por siempre Reina de Triana y Esperanza de cada día.
Muchos sevillanos, a lo largo de esa semana, se acercaron para contemplar tranquilamente a la Virgen del Mayor Dolor y al Señor de las Aguas en la capilla de la Esperanza de Triana. Hermosísima era la inédita visión que ofrecía el Señor de las Aguas solo en su paso, con la Virgen delante de las andas, hasta que Ella por fin fue ascendida hasta las andas para estar con su Hijo.
Y llegó el día que todos los hermanos de las Aguas y que toda Triana esperaba, el día en el que el Señor de las Aguas y la Virgen del Mayor Dolor proclamarían ser de Triana, que la Sangre que Jesús derrama por sus cinco llagas es Sangre trianera. Iban llegando todos los hermanos a la capilla de la calle Pureza, y esta calle abarrotada, esperando ver el paseo de esta Hermandad por un barrio que siempre ha sido el suyo. Mientras se organizaba la cofradía, en el mismo instante en el que la banda del Sol llegaba a Pureza, el Hermano Mayor de las Aguas, Pedro Collado, daba las gracias a la Junta de Gobierno de la Esperanza de Triana, y recordó que si en la primera estación de penitencia la Hermandad de las Tres Caídas le cedió a las Aguas el paso, ahora le pedía a esa Hermandad algo más grande, le pedía la Capilla de los Marineros para realizar una inolvidable "estación de gloria", por las calles de la vieja Triana. También, antes de que las puertas se abrieran, Ramón León, Hermano Mayor de la Esperanza de Triana, daba a conocer un acuerdo de la Junta de Gobierno que él preside, el cual era colocar una placa en la capilla para recordar la estancia, durante una semana, de la Hermandad de las Aguas cuando ésta celebraba sus dos siglos y medio de vida. Hay que recordar también que Pedro Collado, aunque ya fuera hermano de la Esperanza de Triana, quiso volver a jurar las reglas de esta Hermandad ante la Señora de Triana y ante su Cristo de las Aguas. A las seis de la tarde, se abrían las grandes puertas verdes después de decir Pedro Collado que se abrieran las puertas de la Esperanza para que por Triana se esparcieran las Aguas benditas de Cristo.
El reloj seguía marcando el tiempo hacia delante, y cuando indicaba que eran las seis y media, el paso cruzaba el dintel de la puerta, una gran ovación recibió a Jesús y a su Madre, y los costaleros, realizando un giro de 360 grados, giraron el paso para que la Virgen del Mayor Dolor se despidiera de su hermana Esperanza. "Hasta siempre, Esperanza".
La comitiva continuaba su camino en dirección a la casa de Santa Ana, donde también se despidieron de la Abuela de Triana, y donde saludaron también a la Estrella, que estaba allí, pues aquella mañana se celebró la Función de su Hermandad. Y después, continuó por Pelay Correa y Pasaje de Bernal Vidal, hasta llegar a Pagés del Corro, donde saludaron a las Hermanas Mínimas de esta calle. La Banda del Sol continuaba tocando las mejores marchas tras el Señor de las Aguas, delante de la Parroquia de San Jacinto, donde residieron 192 años, tocaron esa marcha que quizás sea el himno de las cornetas y tambores, "Requiem". A continuación, el cortejo llegó a la calle San Jacinto, donde recorrerían la recta final para despedirse de Triana hasta siempre, o mejor dicho, hasta que el Señor de las Aguas quiera volver. Emotiva y magnífica fue la llegada al Altozano, pues la Hermandad no quería irse, quería quedarse en Triana. Pero tenía que marcharse, pues ya llevaba dos semanas fuera, y el Arenal lo reclamaba, por lo tanto, para que la despedida quedara grabada para siempre en la memoria de todos los presentes, la Virgen del Mayor Dolor y el Cristo de las Aguas quisieron girarse para despedirse, hasta siempre, de Triana, de esa Triana que los dos, Aguas y Mayor Dolor, siguen llevando en sus Corazones. Fue interpretada, incluso, la Marcha Real. Pero ¿por qué tocaron el Himno Nacional, si no estaban saliendo ni entrando?, pensó más de uno. Lo tocaron porque si estaban saliendo y entrando. Salían de Triana y entraban en Sevilla.
Las Aguas llegaron llorando a Sevilla, la Virgen del Mayor Dolor se preguntaba cuando volvería a Triana, y no miento si digo que en Triana, la Virgen estaba alegre, y que en Sevilla parecía que estaba más triste. Claro, es normal, pues tendrán que pasar muchísimos años hasta que vuelva a esa Triana que la vio nacer.
Y cuando la Hermandad discurría por el Puente de Triana, ese puente por el que pasaron por última vez el Lunes Santo de 1942, una mujer, ya muy mayor, dijo que las Aguas no sólo vino hasta Triana para visitar al barrio y a su gente, sino que vino a Triana para visitar, sobre todo, a su Abuela, ¡a la Señá Sant´Ana!
Aguas del Guadalquivir,
Aguas de nuestra Sevilla,
Aguas de nuestra Triana.
Volviste a la otra orilla,
y visitaste a Santa Ana,
que sentada en esa silla
pudo llorar de emoción
al ver de nuevo a su Hija,
la que su Mayor Dolor
tornó en bendita alegría.
Pasó muchísimo tiempo,
y por cosas de la vida,
os marchasteis de Triana.
Y curada ya la herida
del costado de Jesús,
empujados por la brisa,
cruzasteis de nuevo el río,
donde una hermosa Chiquilla,
la Esperanza de Triana,
os recibió en su Capilla.
Dos semanas en el barrio
os quedasteis, muchos días
pudimos todos gozar
de vuestra grata visita.
Después, otra vez, volvisteis
a la Ciudad de Sevilla,
regresando de Triana
llenos todos de alegría.
Hermanos de las Aguas, felicidades por vuestro aniversario, y que la Señora Santa Ana, por siempre, os bendiga.
Juan Manuel Labrador Jiménez
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