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La importancia del exorno de los pasos y su significativo valor, ha propiciado un tipo de artesanía cuyo modo de producción es también el taller, en muchos casos familiar, dirigido por un maestro. Dado que los modelos se encuentran fijados desde finales del pasado siglo, la diferencia entre las obras es prácticamente imperceptible, además de que la conformación del llamado estilo cofradiero no permite ningún género de innovación. La selección de nombres que ilustran la historia de este estilo es, pues, relativamente corta.


EL BORDADO

La tradición de este arte es muy antigua en la ciudad. Sus orígenes gremiales se remontan al siglo XV, pero fue durante el XVI y el XVII cuando se consolidaron los diseños y formas más característicos de esta labor. Estos podían ser obras llanas -un realce sencillo bordeando el tejido-, en forma de cenefas con motivos vegetales o de imaginería o con figuras de hilos de colores. Las técnicas más características son la del bordado de realce, muy costoso, que se ejecuta sobre piezas rellenas de mayor o menor grosor, dependiendo de lo que se desee que sobresalgan los adornos ejecutados con la aguja, y la del bordado de recorte, efectuado con piezas trabajadas por separado que luego se superponen en el tejido.

Junto a los bordadores, y también desde muy antiguo, existen referencias de trabajos realizados en los conventos de monjas, tradición que ha sobrevivido hasta nuestros días, por ejemplo, en los conventos sevillanos de Santa Isabel y Trinitarias. Las evidencias documentales de encargos para hermandades penitenciales datan de principios del siglo XVII, pero no es hasta mediados del XIX cuando se generaliza el uso del bordado en el exorno de las imágenes.

Paralelamente se revitalizaron técnicas como las antes mencionadas, que no habían llegado a desaparecer, conservadas en pequeños talleres dirigidos normalmente por mujeres. Cabe destacar entre ellas los nombres de Teresa del Castillo, Patrocinio López, Eloísa Rivera, las hermanas Antúnez y Herminia Alvarez Udell. La tradición de formas barrocas se redifinió según el gusto decimonónico, con el uso de motivos únicos o figuras heráldicas dispuestos asimétricamente, amplios espacios sin cubrir y flecos dorados. Progresivamente los dibujos se agrandaron y ocuparon partes cada vez más amplias del tejido, prodominando el uso de motivos vegetales de traza naturalista.

El proceso culminó en las primeras décadas de nuestro siglo con las definitivas aportaciones de Talleres de Olmo y, sobre todo, de Juan Manuel Rodríguez Ojeda. Su estilo, el juanmanuelino, fue continuado por los talleres de Guillermo Carrasquilla y Victoria Caro cuyo trabajo se caracteriza por la abundancia de bordados que recrean, sobre todo, líneas barrocas, además de por el empleo de los de figura.

El tipo denominado milanés, que emplea hilos de oro y sedas de colores, fue ampliamente utilizado por Esperanza Elena Caro, maestra junto con Joaquín Castillo Romero de los Talleres de Sobrinos de Caro, durante los años cuarenta. Las realizaciones más recientes no difieren de estos modelos y la labor de los talleres de bordado se centra sobre todo hoy en la conservación y paso de los bordados antiguos a nuevos tejidos.

JUAN MANUEL RODRÍGUEZ OJEDA. UN GENIO INNOVADOR

Se formó en el taller de las hermanas Antúnez, para independizarse posteriormente. En sus primeras creaciones sigue el esquema caracteristico de las labores de la segunda mitad del XIX, realizadas siempre sobre terciopelo oscuro. El palio de la virgen de la Estrella, de 1891, es un ejemplo de esta primera etapa. En la siguiente, el diseño de Ojeda cambió: los bordados se distribuyen de forma simétrica, ocupan la superficie entera del tejido y las caídas de los palios terminan en punta con flecos de elaborado dibujo. Las bambalinas, divididas por los varales, adquieren así una gran movilidad, al tiempo que ganan en lujo y vistosidad. El decorativismo modernista se hizo sentir en los palios, mantos, túnicas y sayas de Ojeda, que se cubrieron de motivos más pequeños y estilizados, a la par que empezó a emplear terciopelo de colores, como en el palio azul que bordó en 1902 para la Virgen de la Amargura o el de 1908, en rojo, para la Macarena, donde empleó el bordado sobre malla y los flecos de madroños, en lugar de los de seda sencillos.

Sus creaciones, no sólo bordados sino también diseños de orfebrería, sientan los principios del llamado estilo cofradiero sevillano: recreación de motivos platerescos y barrocos con gran profusión, riqueza de los materiales y, sobre todo, una gran suntuosidad.


LOS ORFEBRES

El gremio de los orfebres tenía ya ordenanzas en 1414 y alcanzó gran auge durante los dos siglos posteriores, en los que se produjeron obras tan importantes como la custodia de Juan de Arfe o la urna del rey Fernando lll de Juan Laureano de Pina, ambas en la Catedral. Al igual que ocurría con los bordados, a pesar de algunas referencias a contratos entre orfebres y hermandades, lo normal era que varales, candelería y peana fuesen de madera y de metal no precioso, salvo excepciones, como la de la extinguida Hermandad de la Antigua y Siete Dolores que en 1714 llevaba un palio sostenido por varales de plata. Por esta razón y también a causa de diversos avatares históricos, como la ocupación francesa o las diversas expropiaciones, las piezas de orfebrería anteriores al XIX que han sobrevivido son muy escasas.

La generalización del uso de materiales preciosos y las obras más características se sitúan en las primeras décadas de este siglo, momento en que se definieron diseños en consonancia con los del bordado. En este sentido, las figuras de Cayetano González (Málaga, 1896-Sevilla, 1975), la dinastía de los Seco, Joyería Triana, Manuel García Armenta (Córdoba,1909-Sevilla,1971), el taller de Villarreal, Fernando Marmolejo (Sevilla, 1915-1991) y otros, son quienes han creado el ya mencionado estilo cofradiero sevillano en orfebrería. Los rasgos más sobresalientes son el empleo de oro, plata y gemas, la amalgama de los estilos tradicionales, grandes coronas y elaboradísimo repujado. Las piezas que resumen esta línea ornamental son, sin lugar a dudas el fastuoso palio de la Virgen de la Concepción, la corona de la Macarena y la canastilla de Jesús de Pasión. La orfebrería de un paso de Virgen puede superar los quince millones de pesetas.


LOS TALLISTAS Y DORADORES

Tanto el gremio de tallistas como el de doradores tenían ordenanzas desde principios del siglo XVI y se conservan contratos con hermandades penitenciales desde mediados del XVII, aunque la única muestra, remodelada, que se conserva es el paso de Jesús del Gran Poder. La causa principal hay que buscarla en la fragilidad del material, la madera, pero también en el cambio de gusto y en la emulación que hizo que todas las hermandades se deshiciesen o transformasen este tipo de enseres. No quedan ya andas de inspiración neoclásica, que fueron muy corrientes en el siglo pasado, y las de línea gótica (el paso del Señor de la Hermandad de Santa Cruz lo conserva) son muy escasas, ya que, como en el resto de las artes ornamentales "se ha impuesto el estilo cofradiero, con el consiguiente predominio de canastillas barrocas y doradas, aunque también las hay de madera oscura, como las magníficas andas del Cristo del Calvario, de la Fundación o del Cristo de la Salud de la Hermandad de la Carretería. Desde la década de los cincuenta, obras como el paso de Jesús de la Sentencia, de Juan Pérez Calvo (Sevilla, 1898-1977), y las realizaciones de Manuel Guzmán Bejarano (Sevilla, 1921), han marcado el gusto predominante, definido por una gran proliferación de elementos decorativos. No es extraño, pues, que muchos escultores se hayan especializado en este tipo de labor. Tras la talla se procede el dorado, labor que se ejecuta con técnica que apenas han variado durante siglos.

Sobre la madera se aplica una preparación de sulfato de cal y se lija cuidadosamente. Luego se colocan las delgadas láminas o panes de oro, confeccionados por el batihoja, y se bruñen. La cantidad de oro de ley empleado puede llevar a los doscientos gramos. El valor del conjunto de un paso de Cristo dorado oscila alrededor de los cinco millones de pesetas y si es de caoba, con apliques de orfebre, sobre los tres millones.


Manuel J. Gómez Lara
Jorge Jiménez Barrientos
De su obra Guía de la Semana Santa en Sevilla.



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